Llegamos a Sevilla en bus, todavía con la cadencia melancólica de Lisboa pegada en la retina. El viaje fue largo, pero al entrar a Andalucía la luz cambió: se volvió más dorada, más cálida, como si alguien hubiese subido el brillo del mundo. Esa misma luz nos acompañó hasta la calle Conteros, donde estaba el apartamento que sería nuestro hogar durante cuatro días.
El edificio, antiguo y restaurado con delicadeza, conservaba el encanto de las casas del centro histórico. Desde las ventanas se veía la Catedral y, apenas a 30 metros, la Giralda dominaba el paisaje urbano.

El interior era acogedor: dos habitaciones cómodas, un salón cuidadosamente amueblado y una cocina integrada que invitaba a desayunos tranquilos antes de salir a caminar. Era el tipo de lugar que no solo sirve para dormir, sino para sentir que uno vive —aunque sea por unos días— dentro de la ciudad.
Día 1: El atardecer de una plaza monumental

Apenas dejamos las maletas, salimos a caminar rumbo al Parque de María Luisa. Nuestro destino era la Plaza de España, y la llegada fue casi cinematográfica: el sol caía lentamente y las torres semicirculares comenzaban a teñirse de tonos naranjas.
Construida entre 1914 y 1929 para la Exposición Iberoamericana y proyectada por el arquitecto Aníbal González, la plaza es una obra monumental. Su forma semicircular abraza un canal cruzado por cuatro puentes y una fuente central que parece marcar el pulso del lugar. Los bancos cerámicos dedicados a las provincias españolas invitan a recorrer el país sentado, mientras los medallones con personajes históricos convierten el paseo en una lección de historia al aire libre.

Muchos visitantes recuerdan que este escenario sirvió como locación para Star Wars: Episodio II. Pero al caer la tarde, más que una galaxia lejana, la plaza se siente profundamente andaluza: músicos callejeros, familias paseando y el eco de los pasos bajo las galerías monumentales.
Día 2: Tradición, historia y tapas bajo nuestro alojamiento

El segundo día comenzó en la Plaza San Francisco, corazón histórico de Sevilla desde la Baja Edad Media y espacio que durante siglos cumplió funciones de plaza mayor. Hoy sigue siendo un punto neurálgico, con el Ayuntamiento dominando uno de sus costados.

Desde allí caminamos por la calle Sierpes, probablemente la arteria comercial más emblemática del casco antiguo. Fue imposible no detenernos frente a tiendas centenarias, especialmente en la confitería La Campana, donde vitrinas llenas de dulces parecían resistirse al paso del tiempo.
Por la tarde visitamos el Real Alcázar, un conjunto palaciego que condensa siglos de historia. Entre patios mudéjares, jardines exuberantes y salones góticos, comprendimos por qué fue elegido como escenario de Game of Thrones para representar el reino de Dorne. Más que un monumento, el Alcázar es un viaje a través de las capas culturales que han formado Sevilla.
La jornada terminó literalmente bajo nuestro alojamiento, en el Bar Antigüedades. Entre tartar de salmón, croquetas de cola de toro, chuletitas de cordero y sangría, confirmamos algo esencial: en Sevilla las tapas no son solo comida, son un ritual social.
Día 3: Símbolos de Sevilla y el latido del flamenco
El tercer día estuvo dedicado a los grandes íconos de la ciudad. La Catedral de Sevilla, la mayor del mundo en superficie, impresiona desde el primer momento. Su arquitectura gótica, enriquecida con elementos renacentistas, habla del poder y la ambición de una ciudad que fue puerta de América.


Subir a la Giralda —antiguo minarete almohade convertido en campanario— fue una experiencia inolvidable. Desde arriba comprendimos la escala humana del casco histórico y la omnipresencia de la torre en el paisaje urbano.

Por la tarde visitamos las Setas de Sevilla, una estructura contemporánea que contrasta con el entorno histórico y demuestra cómo la ciudad dialoga entre pasado y modernidad.
La noche culminó con un espectáculo en el Tablao Álvarez Quintero. Allí entendimos que el flamenco no se observa: se siente. El cante, el toque y el baile transmiten una intensidad emocional difícil de explicar, profundamente ligada a la identidad andaluza.
Día 4: La despedida

El último día comenzó muy temprano. Al salir hacia la estación, Sevilla apenas despertaba. La luz de la mañana iluminaba la Giralda, como si quisiera despedirse de nosotros.
Partimos en tren rumbo a Madrid con la sensación de haber vivido la ciudad caminándola, escuchándola y dejándonos envolver por su ritmo. Sevilla no es solo un destino turístico: es una experiencia que se infiltra en los sentidos y permanece mucho después de partir.

























