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Mis días en Melosilla a un año de la pandemia

A más de un año del inicio de la pandemia, así han sido mis días en Melosilla, Casablanca.

Hace más de un mes que dejé Valparaíso y me radiqué en Melosilla. ¿El motivo? No tenía sentido quedarme encerrado en el departamento si todo mi trabajo es a distancia y si no podría recorrer la ciudad. Mucho mejor el campo. El encierro casi no se nota rodeado de montañas, árboles y aves. Así han sido mis días en Melosilla.

Recuerdo que de niño leí La Peste de Camús y me impresionó la imagen de una ciudad sitiada, llena de militares y con horror al contagio. Jamás imaginé que viviría una pandemia. Y sin embargo aquí estamos, más de una año conviviendo con el virus y encerrados otra vez. Por segundo año consecutivo dejé la ciudad y me vine al campo, a casa de mi madre, donde la vida es muy distinta.

Mis días en Melosilla

Mis días en Melosilla

El autoconocimiento y la transformación

El año pasado desde aquí me reinventé laboralmente. En Melosilla profundicé el manejo de Instagram, comencé a gestionar redes sociales de pymes, presenté propuestas de ramos a distancia, presenté un proyecto al Fondo de Medios, reactivé los talleres de periodismo y postulé al Programa Territorial Integrado Lago Llanquihue Destino Creativo.

El proceso fue desafiante y tuve que aplicar todas las técnicas que he aprendido a lo largo de mi vida para mantener la calma, el ánimo y seguir adelante.

Fundamental fue mantener un horario de trabajo, hacer actividades los fines de semana, caminar varias veces al día, trotar un par de veces a las semana, meditar, tomar cerveza por las tardes y comer muchas papas fritas.

Como resultado del esfuerzo diario, el segundo semestre vi resurgir fuentes laborales que me hicieron regresar a Valparaíso.

El regreso a Valparaíso

No alcancé a volver a Valparaíso cuando se decretó curentena oficialmente para la ciudad y tuve que estar 4 meses encerrado en el departamento. Lo bueno es que a esas alturas ya tenía nuevos trabajos (todos a distancia). Lo malo, es que un departamento de cerca de 60 metros cuadrados no se compara con una parcela.

Pero tampoco me podía quejar. El ritmo de vida de Melosilla lo repliqué en el departamento, logrando continuar una rutina de trabajo, espacios de recreación (más virtuales que reales), deporte y comida rica.

Un paréntesis de libertad

Hasta que llegó octubre y la ciudad nuevamente volvió a abrir sus calles a un desplazamiento algo más libre. Entonces comencé a viajar dentro de mi misma ciudad, quedándome en el cerro Bellavista y Playa Ancha; ya en diciembre me embarqué en una aventura a Coyhaique (alcanzando justo antes del cambio de fase) y en el verano logré concretar una hermosa vuelta por el Lago Llanquihue.

Con todo eso ya me podía dar por pagado. Haber mantenido el blog ya había tenido su recompensa.

Melosilla otra vez

Y así llegó marzo. Y con él las ciudades volvieron a sucumbir a una nueva versión del virus, a pesar del rápido proceso de vacunación. Antes de que Valparaíso cayera nuevamente, tomé mis cosas y regresé a Melosilla.

Esta vez mi llegada tuvo a un sabor a reencuentro. Mi cuerpo reconoció ciertos hábitos y comenzó a desplazar otros que por estimulantes que fueran, tenían su consecuencias en kilos. Un poco menos de comida, un poco más de ejercicio, la búsqueda de nuevos espacios (bajo los árboles, junto a la piscina, en el living, en el pasillo), la continuidad de trabajo virtuales iniciados el años pasado y el blog, siempre el blog.

De pronto esta nueva vida, lejos de la ciudad, con clases virtuales, cerca de mi madre, rodeado de naturaleza, se volvió una agradable nueva normalidad. Mis compañeras de caminata son Akira y Princesa; mientras Rayita acompaña mis mañanas frente al computador. Un grato paréntesis en medio del caos y la incertidumbre de una pandemia, que nunca imaginamos nos tocaría pasar, y que sin embargo estamos pasando.

Por Hernán Castro Dávila

El amor por los viajes, la escritura, la fotografía y la comunicación me ha impulsado a forjar mi propio camino dentro del periodismo. Creo en nuestra capacidad de expresión como ciudadanos del siglo XXI. Yo la practico desde mi blog, las redes sociales y la educación. Si queremos que este mundo cambie, debemos comenzar por nosotros mismos.

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