Puerto Varas es seguramente una de las ciudades más lindas de Chile. Al menos, está en el Top 5. Sus hermosos y fotografiables paisajes, su vida relajada, sus maravillosos ahumados y los más extraordinarios pasteles preparados con recetas alemanas son solo algunos de los elementos que configuran la identidad de esta bellísima ciudad, ubicada a 1.011 kilómetros de Santiago City.
Puerto Varas



Como buen destino turístico que es, tiene muchísimos lugares que visitar: la costanera; el Parque Nacional Vicente Pérez Rosales; la escultura de la princesa Licarayén, en La Puntilla; las casonas del barrio antiguo, donde se asentaron los primeros colonos alemanes y, por supuesto, la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, seguramente la postal más clásica que obtendrás en la llamada “ciudad de las rosas”.
Museo Pablo Fierro
Entre tanta maravilla, hay una joyita que está en la avenida Vicente Pérez Rosales, frente al lago Llanquihue y que no pasa desapercibida, por sus rarezas y los variopintos ornamentos que decoran el frontis de esta casona, partiendo por un tremendo reloj tipo cucú de madera, muchas ventanas de las más variadas formas, una combi VW amarilla… y ¡hasta la proa de un barco!
Si pasas por ahí, no pierdas la oportunidad de entrar. Se trata del museo Pablo Fierro, donde se puede encontrar, literalmente, ¡DE TODO!, desde artesanía local hasta la réplica de la sala de una escuelita rural en un mínimo espacio destinado para aquello.
Su creador es un artista plástico que nació en Temuco en 1964, que se enamoró de este rincón de la Región de Los Lagos para quedarse para-siempre-jamás y dedicar su vida, pasión, corazón, fuerza y voluntad a esta obra; un regalo eterno para su tierra (y comunidad) adoptiva. Este especial personaje es Pablo Fierro, quien en los años 80 se radicó en Puerto Varas para comenzar la quijotesca aventura de perpetuar la memoria local, juntando cuanto artefacto y artilugio llegaba a sus manos.
La historia tras el Museo Pablo Fierro

La casa que cobija al museo parece haber sido construida a principios del siglo pasado. Pero no lo es, ni nunca lo fue. Siempre quiso una casa antigua, pero como no tenía dinero para comprar una, pues la hizo él mismo. En efecto, en 2002 comenzó a transformar una antigua sala de máquinas de aguas de la ciudad, abandonada por 30 años en la costanera de Puerto Varas con sus propias manos y alguna (buena) voluntad política, cimentando las bases de este museo viviente del pasado.
En ese entonces, fue el propio municipio, junto a aportes privados y la gestión del alcalde de la época, Ramón Bahamonde, quienes facilitaron el espacio para dar forma a este proyecto cultural, donde todo se puede mirar, tocar, oler, sentir. Incluso hay una advertencia: “Las telarañas también son parte del museo. No las quite”.
Años de juntar cachivaches, hoy reúnen en sus muchos pisos, diversos rincones especiales. Así, se pueden encontrar salas dedicadas a las revistas, libros y lecturas; a los medios de comunicación, donde hay radios, teles y varias máquinas de escribir antiquísimas; juguetes de los más variados tipos y materiales; muebles, cuadros, fotografías, regalos que han dejado los visitantes… Por cierto, el gigantesco cucú del frontis es una réplica que tenía la mamá de Pablo cuando era pequeño, al que siempre quiso entrar. Como sus sueños no tienen límites, por supuesto, lo hizo.
Un sueño hecho realidad

El Museo Pablo Fierro no solo es un refugio de la historia urbana de Puerto Varas, sino también una prueba tangible de que los sueños sí se pueden cumplir. Es un homenaje a la memoria, a las raíces y a la identidad del sur, levantado con pasión, creatividad y amor por una tierra que adoptó como propia.
Como la entrada a este paraíso es liberada, siempre será bien recibida una colaboración voluntaria (ética, por cierto). Si quieres algo a cambio, entonces llévate una de las láminas, imanes para el refri o las ilustraciones que el mismísimo Pablo vende sentado en su escritorio/mesa de trabajo.
https://www.instagram.com/museopablofierro




