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Siem Reap, Camboya

Luego de algunos chascarros en Vietnam, llegamos a la puerta de entrada de Angkor Wat: Siem Reap, Camboya.

El sol se dibujaba amarillo sobre el horizonte mientras nuestro taxi avanzaba por la carretera hacia Siem Reap. Macarena ya estaba un poco mejor. Producto del frío que pasamos en nuestra aventura por la bahía de Halong había tomado una gripe de proporciones. Nuestra última noche en Hanoi despertó afiebrada y con tos.

Para que la enfermedad no pasara a mayores me puse en contacto con la agencia de seguros de viaje que contratamos al salir de Chile. Ellos me indicaron que había una clínica a diez minutos del hotel. En la mañana, antes de tomar el vuelo a Siem Reap, partimos a la clínica. Un doctor revisó a Macarena y le entregó remedios. Todo bien.

Regresamos al hotel en taxi, empacamos nuestras cosas y partimos rumbo al aeropuerto. Mención aparte merecen las personas del hotel. Una vez que volvimos de nuestra aventura por Halong manifestamos nuestra disconformidad por la calidad del servicio. Nuestras quejas eran básicamente tres: nula calefacción en el comedor del «crucero» (con un temperatura de 10 grados), cero presión de agua en las duchas durante la mañana (tanto en el crucero como en el bungalow) y, por último, nuestra detención de dos horas en plena bahía y sin calefacción.

Si bien la recepcionista del hotel no fue muy empática al principio, la supervisora escuchó y lamentó la situación que habíamos pasado. Ella misma le preparó un té con jengibre a Macarena y llamó al representante del crucero para que aclarase nuestras dudas. Una hora después el ejecutivo del crucero nos pedía disculpas y nos ofrecía una compensación compartida con el hotel. Las recepcionistas y la supervisora no dejaron de preguntar por Macarena hasta que partimos. Realmente nos fuimos con una sensación muy grata.

Llegada a Siem Reap

El taxi ingresó a la ciudad, bordeó el río y nos dejó en el Hotel Shadow of Angkor Guest House. Ya estábamos en Siem ReapCamboya, nuestra puerta de entrada para visitar los famosos templos de Angkor. El hotel tenía mucho estilo. Era una antigua casa colonial francesa con un restaurante en su primer piso. Si bien nuestro cuarto no era el que reservamos en Booking (tenía dos camas y no contaba con ventana) sí tenía tres cosas básicas para estar bien: aire acondicionado, ventilador y agua caliente. Como dato anecdótico, el pasillo estaba lleno de graciosas lagartijas de piel blanca que iban y venían. Dejamos las mochilas en la habitación y partimos.

Siem Reap no era la pequeña calle de tierra con algunos pubs que había dibujado en mi imaginación. La ciudad nos sorprendió con una gran vida nocturna, en calles pavimentadas y con luces de neón. La principal arteria llevaba por nombre Pub Street y había cuadras completas de Night Market. Personas de todas las nacionalidades circulaban por sus calles, bebiendo cerveza (¡A medio dólar el vaso de shop!) y comiendo en terrazas que daban a la calle. En las esquinas ofrecían masaje completo o en los pies (A un dólar los 15 minutos) y las tiendas de artesanía tenía una gran oferta de productos locales a bajo precio. Entre las cosas exóticas, habían carritos que ofrecían tarántulas y serpientes crocantes; así como masajes hechos por peces en una peceras gigantes.

Subimos al segundo piso de un restaurante, pedimos un plato de comida local para compartir, un par de cervezas y nos pusimos a disfrutar del festivo espectáculo, a salvo del frío de la bella bahía de Halong y lejos, muy lejos, de la policía costera vietnamita.

Por Hernán Castro Dávila

El amor por los viajes, la escritura, la fotografía y la comunicación me ha impulsado a forjar mi propio camino dentro del periodismo. Creo en nuestra capacidad de expresión como ciudadanos del siglo XXI. Yo la practico desde mi blog, las redes sociales y la educación. Si queremos que este mundo cambie, debemos comenzar por nosotros mismos.

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