El gusto por observar y leer

Recuerdo aquellas tardes de infancia en Punta Arenas, cuando después del colegio, pasaba horas deambulando por la casa buscando qué hacer. Las novelas venezolanas que transmitía Televisión Nacional de Chile, el único canal que llegaba hasta la ciudad, no me entretenían para nada. Las tareas en algo me ayudaban a pasar el tiempo. Lo mismo con mis juegos imaginarios donde participaban algunas figuras de plástico que luchaban entre sí o vivían aventuras sorprendentes entre el cajón del velador y la parte inferior de la cama.

Muchas veces, para salir del encierro, iba hasta la repisa del comedor y me ponía a revisar libros con ilustraciones. Sacaba un par y partía corriendo hasta la cama de mis papás, donde me tendía y comenzaba a hojear las páginas con dibujos a color.

Uno de mis libros favoritos era una edición especial sobre el mar de la Revista Life. En él, la ilustración que más me gustaba era la de un fondo marino lleno de peces extraordinarios, donde destacaban el tiburón y la ballena, mientras las rocas descansaban enormes mariscos y estrellas de mar.

Una Biblia gigante, de tapa roja y muchas páginas ilustradas también me resultaba divertida… Hasta que llegaba a una página donde aparecía la figura del diablo en el infierno: Aquella imagen me asustaba.

Otro libro que me gustaba mucho era también de gran tamaño y tapas duras. En su interior podía ver la pinturas de Renoir: cuadros sobre el campo y la ciudad, retratos y mujeres desnudas, las que llamaban particularmente mi atención.

Quizá por la soledad, quizá por el clima frío, quizá por el ocio de una infancia donde las tardes eran libres; fui desarrollando el gusto por observar imágenes, el que no desaparecería nunca más.

Más adelante sería la televisión la que llenaría mis tardes, en particular, cuando llegó una oferta más grande de canales junto con la democracia. A eso se sumarían gran cantidad de libros con historias fantásticas y melancólicas: El gigante egoísta, El fantasma de Canterville, Un capitán de 15 años, Robinson Crusoe y muchos más.

Cada semana, mi padre traía la edición de Tareas Escolares Zig Zag, donde venían artículos de apoyo para realizar las tareas del colegio, láminas recortables y libros. Muchos libros, que yo guardaba y enumeraba de manera meticulosa.

A ellos se sumaban una colección muy especial de textos llamados «Elige tu propia aventura». Los que tenían la particularidad de tener opciones donde uno elegía qué camino seguir. De ellos todavía conservo los títulos «Dentro del Ovni 54-40», «Odisea en el Gran Cañon del Colorado» y «El abominable hombre las nieves». Recuerdo que una vez al mes iba hasta la librería Vikeri, de la Galería Roca y compraba uno de estos preciados ejemplares.

De esta manera, a la observación de imágenes, agregué la lectura de historias fantásticas que alimentaban mi imaginación y acompañaban mis tardes invernales.

4 de septiembre del 2013

 

Escrito por

El amor por los viajes, la escritura, la fotografía y la comunicación me ha impulsado a forjar mi propio camino dentro del periodismo. Creo en nuestra capacidad de expresión como ciudadanos del siglo XXI. Yo la practico desde mi blog, las redes sociales y la educación. Si queremos que este mundo cambie, debemos comenzar por nosotros mismos.

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