Una ciudad que te eleva hacia el cielo

En el primer año de periodismo me encontré con compañeros que venían de diversos lugares de Chile. Esteban venía de Osorno, Rodrigo de Arica, Edwin de Santiago, Manuel de San Antonio, Angelo de Ovalle y yo de Punta Arenas. El único local era Claudio, que venía de Viña del Mar.

Valparaíso, Chile
Esteban, Edwin, Rodrigo, Claudio, Angelo y Hernán en el Parque Italia, 1998

Además de nuestros diversos orígenes geográficos, nuestras edades también eran variadas, desde los 17 a los 27 años.

En común creo que teníamos cierto escepticismo respecto al estado del mundo, el gusto por la lectura, la conversación y la cerveza. Así fue que comenzamos a forjar una amistad que se prolongaría mucho más allá de los cinco años que duraba la carrera.

Valparaíso, Chile
Ricardo, Manuel, Alejandro, Rodrigo y Esteban en Caleta El Membrillo

En varias ocasiones nos reunimos en casa de Manuel para leer y dialogar en torno a los ramos de periodismo, pero también sobre la vida, música, poesía y política. Esas conversaciones me permitieron descubrir la literatura de Cortazar, el jazz de Mile Davis, el  bossa nova, la poesía delirante de Rodrigo Lira y las vidas truncadas de Salvador Allende, Miguel Enríquez y Víctor Jara.

Para llegar a la casa de Manuel, debíamos tomar la “O”, una micro que transitaba por el centro de Viña del Mar y tenía la particularidad de subir por los cerros del puerto.

Recuerdo que era de noche la primera vez que hice ese recorrido. A medida que avanzábamos por las calles del puerto, la micro se iba llenando de pasajeros, los que con resignación se iban apretando antes de comenzar el ascenso por avenida Francia.

Cuando la micro subía por una calle estrecha y llena de curvas, Valparaíso se fue dibujando lleno de luces tintineantes que daban forma a la bahía. Desde el asiento del vehículo podía observar como el anfiteatro natural del puerto se abría ante mis ojos y me invitaba a conocer otra forma de entender la ciudad y el mundo.

El jazz, la conversación y la amistad fueron forjando una historia que a ratos nos trasladaba a los 60, para luego volver llenos de energía los 90. La universidad ya no sólo la vivíamos en la sala de clases, sino que la llevábamos a nuestra vida cotidiana.

Cuando llegaba la hora de bajar, lo hacíamos de noche, por estrechas callejuelas y escaleras mal alumbradas, donde habitualmente se nos cruzaba algún gato, para finalmente desembocar en la subida Ecuador, donde cada cual enfilaba rumbo a su casa, luego de comer un completo en alguno de los carritos que abundan por las calles del puerto.

2 de diciembre del 2012

 

Escrito por

Vivo y trabajo en Valparaíso. En mis recorridos diarios capturo fotos y tomo notas de la ciudad. En mi tiempo libre viajo a distintos lugares de Chile y del mundo. Todas estas experiencias las comparto en mi blog: Apuntes y Viajes.

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