Frente al Congreso Nacional, en una de esas veredas donde Valparaíso aún se permite conversar con su pasado, sobrevive —y resiste— un oficio que parece sacado de otra época. La Sombrerería Woronoff no es solo una tienda: es una cápsula del tiempo, un testimonio vivo del comercio tradicional porteño y, hoy, la única sombrerería de la ciudad.
Sombrerería Woronoff



Fundada en 1927 por el inmigrante italiano Jacinto Cademartori, Woronoff nació cuando Valparaíso aún era puerto cosmopolita y los sombreros formaban parte esencial del vestir cotidiano. Desde entonces, sus vitrinas han visto pasar décadas, modas, crisis y renacimientos urbanos. Lo notable es que, pese al paso del tiempo, el local conserva su mobiliario original, las vitrinas de madera, las antiguas herramientas del oficio y las cajas de cartón que alguna vez alojaron sombreros de origen inglés, francés, español y brasileño. Cada estantería parece contar una historia.
Entrar a la Sombrerería Woronoff es detener el ritmo. El aire de época no es una puesta en escena: es auténtico. Las maderas gastadas, los embalajes antiguos y la disposición del espacio hablan de un comercio donde el trato era cercano y el producto se elegía con calma. Hoy, la tienda ofrece sombreros de fabricación extranjera y prendas de vestir, pero sin renunciar a ese espíritu que la ha convertido en un clásico porteño.
Desde 2006, el local es atendido por Francisco Soto-Aguilar Besa, su tercer dueño, luego de que Cademartori vendiera la sombrerería a Patricio Cabello en 1970. Francisco ha hecho un trabajo silencioso y persistente por mantener la estética y el carácter del lugar, entendiendo que el verdadero valor de Woronoff no está solo en lo que vende, sino en lo que representa.
Su especialidad son los sombreros de pita, especialmente los conocidos como “Panamá”, elaborados a mano en Ecuador mediante el trenzado de las hojas de la palmera de paja-toquilla. Más allá del mito del nombre, aquí se explica el origen real, se habla de calidad, de materiales y de cuidado. Ese conocimiento, transmitido con paciencia, es parte fundamental de la experiencia.
La calidad de los productos y la calidez en la atención distinguen a la Sombrerería Woronoff en tiempos de comercio acelerado y vitrinas genéricas. Por eso, más que una compra, la visita se transforma en un encuentro con la historia viva de Valparaíso.
Una visita que vale la pena

Si anda por el puerto y busca algo más que miradores y cerros, no puede dejar de cruzar la calle frente al Congreso Nacional y entrar a la Sombrerería Woronoff. Allí, entre sombreros y maderas antiguas, Valparaíso sigue contando su historia con elegancia y oficio.
