Luego de un año, regresamos desde Chile a París. Había algo de emoción contenida en ese reencuentro con una ciudad que siempre deja la sensación de haber quedado pendiente. Esta vez, nos instalamos en un precioso apartamento cerca de la Ópera Garnier, en pleno distrito 1, una de las zonas más elegantes y céntricas de la capital francesa.


El alojamiento, de 70 metros cuadrados y con vigas a la vista, ofrecía todo lo necesario para sentirse parte del ritmo parisino: amplios ventanales, una cocina bien equipada y un silencio acogedor que contrastaba con el bullicio de las calles. Ideal para quedarse varios días, en familia o con amigos, y vivir París desde dentro, más allá de los hoteles y los circuitos turísticos.
Tarde de lluvia en París



Llegamos una tarde de lluvia. El cielo gris y la llovizna fina parecían envolverlo todo en un tono melancólico y hermoso. Almorzamos en un restaurante del barrio —uno de esos lugares sin pretensiones, donde la sopa caliente y el vino tinto saben al verdadero inicio de un viaje— y al caer la noche, simplemente no pudimos resistir las ganas de salir.


Caminamos por la avenida de la Ópera, con los paraguas abriéndose y cerrándose al ritmo del viento, mientras las luces de los cafés y tiendas se reflejaban sobre el pavimento mojado. A lo lejos, la silueta del Louvre se alzaba iluminada y majestuosa. París brillaba bajo la lluvia.
Fue solo un paseo corto, una caminata de bienvenida. Pero en cada paso estaba la certeza de que estábamos nuevamente en una de las ciudades más hermosas del mundo. París es una ciudad para recorrer a paso lento, y este era apenas nuestro primer día. Estábamos felices.
