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La vida en el puerto

Tras años viviendo en Valparaíso es imposible no detenerse a ver parte del camino recorrido y cómo se pasa la vida en el puerto.

La vida en el Puerto. Hoy volví a la casa del tío que me recibió cuando llegué a vivir a Valparaíso hace 16 años atrás. Todavía vive en el cerro Barón, pero en otra casa, una de esas construcciones antiguas de techos altos y manillas de porcelana, a pasos de la Iglesia San Francisco.

Valparaíso: Así se pasa la vida en el Puerto

Al bajar caminando desde el Colegio Leonardo Murialdo usualmente sacaba un par de fotos que subía a Instagram (y de ahí a FacebookTwitterTumblr y Flickr). En una de esas fotos mi tío escribió: «¡Estay al lado de mi casa! Pasa a verme un día de estos.»

Mi tío Francisco

Y así fue. Hoy bajé caminando nuevamente y, en vez de seguir hacia Yolanda, doblé a mano izquierda por la calle Castro, pasé junto a la iglesia, saqué una foto y la subí. Caminé unos pasos más y un rostro se asomó en una de las ventanas: «¡Pasa huevón!» me grito.

La puerta tras la mampara se abrió y apareció una escalera de madera, al lado de la que colgaban pinturas coloridas de retratos familiares. Me recibió un muchacho enorme, mucho más alto que Francisco, mi tío. Nos sentamos en el living y, mientras Manuel iba por una cerveza y algo para la once, nos fuimos poniendo al día de la vida y nuestros seres queridos.

La vida en el Puerto

Hablamos de nuestra pega en el servicio público, de las carreras de los hijos de Francisco (la hija que estudió Licenciatura en Arte y que pintó los cuadros que adornan la casa; la hija que estudió diseño; el hijo ingeniero que corre maratones; y el más pequeño y grande a la vez, preparándose para dar por segunda vez la Prueba de Selección Universitaria).

También conversamos de religión (cómo el papa Francisco le caía bien y como yo sentía cada vez más distancia del catolicismo y más simpatía por el budismo), de fútbol (donde me declaro ignorante) y algo de política. Los incendios del barrio (la iglesia, la panadería, la vecina de más arriba y la iglesia nuevamente). Mientras tanto la gata Luna que saltaba sobre el brazo del sillón para tenderse junto a mí.

Afuera, el sol ya se había escondido. En la TV Palestino luchaba contra River y en mi corazón sentía el gesto de un chiste y una sonrisa como el sonido reconocible de mi familia, a unos cuantos metros de distancia, entre un cerro y otro cerro de Valparaíso.

16 años después los niños habían crecido, yo me titulé e ingresé al mundo laboral. Uno de los hijos de Francisco estudió en el San Ignacio y el Murialdo, los dos colegios en que he realizado los talleres de periodismo. En fin, estando ahí sentí el cierre de un ciclo personal y el cruce de caminos al interior de una ciudad que se incendia y se reconstruye día a día, donde la rutina diaria esconde nuestras enormes transformaciones y cotidianas circunstancias.

De regreso a casa

Ya entrada la noche me dio sueño. Francisco fue por su perro y me encamino hacia Yolanda. Nos despedimos y me apronté a subir el cerro Los Placeres, donde me aguardaba la terraza, mi libreta y una cerveza fría. La vida seguía sus derroteros y había que disfrutarlos, minuto a minuto, atrapando la emoción en palabras, volviéndola texto y disfrutando de la ciudad iluminada a lo lejos, escenario de nuestras pericias diarias.

16 de abril de 2015

Por Hernán Castro Dávila

El amor por los viajes, la escritura, la fotografía y la comunicación me ha impulsado a forjar mi propio camino dentro del periodismo. Creo en nuestra capacidad de expresión como ciudadanos del siglo XXI. Yo la practico desde mi blog, las redes sociales y la educación. Si queremos que este mundo cambie, debemos comenzar por nosotros mismos.

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